De París a la Habana

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Aseguraba ser un caballero de la aristocracia europea que había perdido toda su fortuna en un naufragio, no recordaba mucho, a veces hasta olvidaba su nombre. Se confesaba víctima de una pérdida irreparable, y aunque todos lo creían loco, su locura lo llevó a convertirse en un personaje distintivo de la capital cubana.

Era una persona callejera, bien conocida en La Habana de 1950. Tenía el pelo desaliñado, castaño oscuro, con algunas canas y lucía una gran barba gris. Sus uñas eran largas y retorcidas, pues no se las había cortado en años. Siempre vestía de negro, con una capa también negra (incluso en el calor del verano) y jamás olvidaba su carpeta de papeles y la bolsa donde llevaba sus pertenencias.

El Caballero de París, como cariñosamente se le conoce, era un hombre de hablar gentil que transitaba por las calles de La Habana. Se le podía encontrar en cualquier lugar, en el momento menos esperado, lo mismo en las guaguas en las que recorría la ciudad, que en el Paseo del Prado, un lugar que visitaba frecuentemente.

No tuve el placer de conocerle, pero crecí con las historias de los mayores que sí lo conocieron, y me contaron que con la mirada perdida en el vacío de sus problemas mentales, nunca dejó de sonreír, de compartir con quien pasara a su lado, de regalar flores a las mujeres o dar vuelto a quien le obsequiaba dinero- algo que solo aceptaba de aquellos a los que conocía.

Los niños le temían por su aspecto de caballero novelesco, pero con el tiempo descubrieron a aquel señor dulce, cómplice de sus juegos y merecedor de todo su respeto. Así fue, como poco a poco, el “Parisino” fue ganando fama en la Isla hasta quedar en los corazones de todos. Pero, ¿quién era el Caballero de París?

Su verdadero nombre era José María López Lledín,  nació a las 11 a.m. del 30 de diciembre de 1899, en casa de sus padres, en la aldea de Vilaseca, Fonsagrada, provincia de Lugo, España. Los padres fueron Manuel López Rodríguez y Josefa Lledín Méndez. Los abuelos paternos: Bernabé López y Manuela Rodríguez, y los maternos: Manuel Lledín y Francisca Méndez.

Fue bautizado en la Parroquia del Salvador de Negueira, donde comenzó su educación primaria a los siete años de edad y llegó a completar la mitad de su educación secundaria. Diversa documentación indica que el Caballero fue el cuarto de ocho hermanos. Otros legajos señalan que fueron 11 los hijos de la familia, de los cuales dos fallecieron y siete emigraron a Cuba.

¿Por qué se volvió loco? Unos dicen que cuando vino para Cuba en busca de trabajo, dejó una novia en España, con quien iba a casarse, pero el día que se reunirían en la Isla Caribeña para sellar su amor, él quedó solo, en el puerto, esperando, pues el buque en que viajaba su amada, zozobró. Desde entonces, cada tarde iba al puerto en su búsqueda y con un ramo de flores que regalaba a la primera mujer que viera.

Otros, cuentan que enviudó a los pocos días de casado, y que esa fue la verdadera causa de su demencia; pero lo cierto es, que cualquiera que fuese la causa de su estado, lo convirtió en un personaje célebre de La Habana.

El Caballero, es uno de esos personajes que ni el paso del tiempo logra borrar de la memoria, un hombre al cual ni la demencia pudo arrancarle la sabiduría del saber sonreír, del vivir la vida sin mirar los daños del pasado. Una figura que se torna inmortal en el recuerdo de aquellos que lo vieron transitar por las calles de la ciudad, y otros, que como yo, no lo conocieron, pero lo queremos y recordamos. Porque, príncipe, plebeyo, obrero, amante o loco, llegó de París a La Habana, para hacernos ver la vida desde una óptica un poco más caballeresca, algo tan necesario para la humanidad en los albores de este siglo.

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2 Respuestas a “De París a la Habana

  1. Bella historia que nos permite conocer al caballero de parís.

  2. Gracias por tu comentario. Es bueno que nos interesemos en conocer a los personajes históricos de la sociedad cubana de todos los tiempos. Saludos.

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