El Robinson Crusoe del siglo XXI

Cualquiera diría que está loco, que no es normal vivir sin lujos materiales, pero David Glasheen demuestra lo contrario. Desde 1996 es conocido como el Robinson Crusoe del siglo XXI, calificativo que se ganó tras mudarse por su propia voluntad a una zona desierta de una remota isla de Australia, llamada Restoration.

Glasheen, que ahora tiene 69 años,  vive sin agua caliente ni lavadora ni muchos otros lujos materiales. Y su única compañía es Quasi, su perro.

Este empresario se mudó a la Isla, a cambio de pagarle cada año 20.000 dólares australianos al gobierno del país, cuando vio que no lograba levantar cabeza tras el crash de 1987, donde perdió varios millones y concluyó que sería más fácil vivir a espaldas de la civilización.

 “Quería una vida menos estresante y estaba convencido de que tenía que existir en algún sitio”,recuerda.

Sin embargo, la realidad es otra: quizás deba abandonar Restoration para vivir, obligado, de nuevo en sociedad. El Tribunal Supremo de Queensland ha decido que Crusoe debe marcharse de la Isla debido a un incumplimiento de promesa.

En 1996, el empresario se comprometió a desarrollar un resort turístico en la zona si le concedían permiso de vivir en ella, pero no ha hecho nada hasta el día de hoy.

Así que es posible que se le hayan terminado los días de beber leche de coco, comer hojas de limón y alcaparras, y plantar col china, tomates y maíz; de fermentar su propia cerveza e intercambiársela a algunos marineros a cambio de mariscos.

Fue la vida que durante un tiempo compartió con su novia, a la que no pudo retener después de que tuvieran un hijo en la Isla (aunque la mujer aguantó seis meses con el recién nacido hasta que decidió regresar a la civilización).

Así que pasa sus días solo, salvo por un viaje anual que hace a la ciudad de Cairns (a 1.000 kilómetros) para “comprar condimentos y otras cosas especiales”.

En 2009 se hizo bastante popular cuando publicó en un perfil de una página web de contactos buscando una novia real. En él, se podía leer: “La preciosa isla de coral en la que vivo es el sueño de todo náufrago”.

De las pocas que contestaron, decidió hablar con unas seis, pero en cuanto les contó que vivía en una situación que requiere cantidades enormes de trabajo y planificación, y de depender del sol para tener electricidad, no volvieron a escribir.

 “A mucha gente le gusta la idea de visitarme”, dice. “Pero el no poder ir de compras cada mes es algo que le cuesta a muchas mujeres”.

Ahora se le considera un intruso en su propia isla y va a tener que irse, aunque no sin antes recurrir a la decisión de Tribunal Supremo. De todas formas, es posible que volver a la civilización a los 69 años no sea algo malo. Por mucho que afirme vivir literalmente “en un Cielo en la Tierra”, admite que a veces se siente “desesperadamente solo”.

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